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Historia

Breve introducción a la historia de Aragón

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Breve introducción a la historia de Aragón, sus instituciones, símbolos, personajes destacados, datos básicos de Aragón....

El actual territorio aragonés ha asistido a una compleja evolución histórica, que tiene sus más antiguos testimonios en los yacimientos de cazadores-recolectores instalados hace unos 450.000 años en las terrazas que circundan la capital turolense (Cuesta de la Bajada). El lento paso hacia formas de subsistencia agrícola, representado en el paso del Arte Levantino al Esquemático, parece haberse iniciado ya hacia el 6.500 a.C. (cuevas de Chaves en Casbas de Huesca y del Moro en Olvena), de la misma forma que el enterramiento de jefes en sepulcros megalíticos durante el Calcolítico, constituye el primer indicio de la progresión de formas de poder cada vez más jerarquizadas. Estas transformaciones acabaron por asentarse con la introducción de la metalurgia entre las pujantes comunidades de la Edad del Bronce y del Hierro, con poblados de urbanismo cada vez más complejo, como los del grupo de los Campos de Urnas del Bajo Aragón o el Cabezo de la Cruz (La Muela). La llegada de influencias culturales mediterráneas, a partir de principios del s. VI a.C., abrió paso a la Segunda Edad del Hierro, que desembocó en la aparición de los primeros centros urbanos, distribuidos en diferentes etnias pertenecientes a tres ámbitos lingüísticos y culturales principales: el vascón (Ebro medio y Pirineos), el ibérico (bajo Ebro) y el celtibérico (Sistema Ibérico).

La integración de estos pueblos en el organigrama imperial de Roma tras la conquista del valle del Ebro, prácticamente concluida a finales del s. II a.C., dio lugar a una intensa jerarquización de la administración territorial –Caesaraugusta se convirtió en cabeza de uno de los conventus– y a una economía expansiva, certificada tanto por la monumentalización del paisaje urbano, como por la multiplicación de nuevos asentamientos rurales en llano. Esta evolución tocó a su fin en el s. III d.C., en medio de un proceso marcado por la contracción del entramado de ciudades y el ocaso de muchos de los anteriores establecimientos agrícolas en beneficio de grandes villas de carácter áulico, como la de La Malena (Azuara). Tras la desaparición de éstas a partir del s. V, el poblamiento rural quedó copado por una nebulosa de pequeños caseríos, mientras los viejos núcleos urbanos, cada vez más ruinosos, asistían a la progresiva cristianización de su topografía.

La conquista árabo-bereber del valle del Ebro en el 714 no supuso una transformación inmediata del esquema tardoantiguo, pero sí significó el inicio de una nueva dinámica cultural y política de centralización del poder, que alcanzó su cenit en la conquista de Zaragoza en el año 935 por parte de las tropas del califa de Córdoba. La reactivación del pulso urbano y el despegue de la economía agraria y comercial se hizo patente, sobre todo a partir principios del s. XI, con el surgimiento de una serie de reinos de taifas, capaces de desarrollar una intensa labor de mecenazgo cultural y arquitectónico, del que La Aljafería constituye su mejor muestra.

Paralelamente, los pequeños núcleos de poder de raíz indígena que habían quedado al margen del control musulmán en la franja pirenaica evolucionaron hacia la formación de potentes principados feudales, como el de Sancho III el Mayor, rey de Pamplona (†1035), cuya división dio origen al Reino de Aragón. Su testamento y el reparto patrimonial entre sus hijos: García (Navarra), Fernando (Castilla), Gonzalo (Sobrarbe y Ribagorza) y Ramiro (Aragón), dio origen, tras el asesinato de Gonzalo y la elección de Ramiro I (†1063), como rey de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza, al nacimiento del reino aragonés. La expansión aldeana y la fundación de los primeros burgos, muchos de ellos junto al Camino de Santiago –Jaca es el caso más destacado, constituirá la base sobre la que se asentó el fortalecimiento de los linajes nobiliarios que intervinieron en la conquista de al-Andalus. El impulso experimentado por ésta en tiempos de Alfonso I el Batallador (†1134) propició la formación de numerosas comunidades mudéjares, cuya actividad artística ha dejado numerosas muestras en toda la geografía aragonesa. A la expansión territorial, se unió además el crecimiento demográfico y una notoria tendencia hacia la especialización productiva (grano, lana, aceite, azafrán, etc.), sólo interrumpidos con la aguda crisis del s. XIV. La unión dinástica derivada del matrimonio entre la reina Petronila de Aragón y Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, (1137) constituyó, por su parte, el punto de arranque de un proceso secular de fortalecimiento de la monarquía feudal, capaz de superar la recia oposición de aristócratas y ciudades –La Unión de 1283– y una pacífica sustitución dinástica –Compromiso de Caspe en 1412– para adquirir, ya en tiempos de Fernando el Católico (†1516), el perfil de un auténtico estado moderno.

Esta misma tendencia no dejó de acentuarse a lo largo de la Edad Moderna, ahora por parte de las nuevas realezas hispanas –los Austrias desde 1506 y los Borbones desde 1700–, como se puso de manifiesto en las Alteraciones de 1591 o con los Decretos de Nueva Planta de 1707, que supusieron la definitiva abolición de los Fueros del Reino y de sus instituciones: Cortes, Diputación General, el Justicia y el Consejo de Aragón. Ello no obsta para que el periodo fuera testigo de cierto robustecimiento del régimen señorial, que explica en buena medida algunos de los conflictos latentes en el mundo campesino (brotes antiseñoriales, bandolerismo). Tales fenómenos no pueden desligarse, sin embargo, de las fluctuaciones de la demografía y, consecuentemente, de la disponibilidad de tierras, cada vez más volcadas en la comercialización de granos. En este sentido, el s. XVI se abrió con una fase de crecimiento, sostenido hasta expulsión en 1610 de los moriscos, a la que siguió una etapa de clara regresión (malas cosechas, pestes y presión fiscal). El cambio de dinámica tuvo lugar en el s. XVIII, merced a la ampliación de los terrazgos –el Canal Imperial fue concluido en 1791– y a ciertas mejoras en las directrices económicas, a las que no fueron ajenos el nutrido grupo de ilustrados aragoneses.

A la crisis del Antiguo Régimen, agravada por la Guerra de la Independencia, siguió una lenta consolidación del sistema liberal, que debió recorrer un tortuoso camino, plagado de tensiones entre los partidarios de la Constitución de 1812 y los del Absolutismo. Especialmente enconada fue la oposición de los carlistas, desencadenante de la Primera Guerra Carlista (1834-1840), que canalizó el descontento generado por las desamortizaciones y la crisis de la economía aragonesa. La reestructuración productiva de finales de s. XIX, estimuló el éxodo rural hacia las ciudades, sobre todo Zaragoza, base principal del movimiento obrero, especialmente activo en 1917-1920. 

El golpe de estado de Primo de Rivera en 1923 fue incapaz de legitimarse a través de su política económica –en 1926 fue creada la Confederación Sindical Hidrográfica del Ebro–, como prueba la proclamación en 1931 de la Segunda República. No obstante, su proyecto reformista (secularización, voto femenino, autonomía regional, reforma del ejército, repartos de tierra…) quedó entorpecido por la difícil situación social, resultando definitivamente cercenado en 1936 por el levantamiento militar encabezado por el general Franco y el subsiguiente inicio de la Guerra Civil. En Aragón, donde tuvieron lugar algunas de más sangrientos enfrentamientos –Belchite, Batalla de Teruel–, el conflicto estuvo marcado por el paulatino avance de las tropas rebeldes de N a S. Finalmente, la victoria franquista condujo a una dictadura de cuatro décadas de duración, iniciada con una larga posguerra, que sólo desde los años 50 relajó sus severos postulados autárquicos. Ello dio paso a una etapa desarrollista, caracterizada por la emigración hacia las ciudades y por un nuevo incremento demográfico de Zaragoza. La vitalidad de la oposición, aglutinada por las organizaciones políticas clandestinas y la actividad de los intelectuales –en 1972 se funda el periódico Andalán–, prepararon el camino hacia la transición política, iniciada tras la muerte del dictador en 1975. Tras la instauración de la democracia, la Asamblea de Parlamentarios organizada en 1977 fue el primero de los cuatro gobiernos de Aragón que, con el decidido espaldarazo popular –manifestación del 23 de abril de 1978–, estuvieron encargados de la preparación del Estatuto de Autonomía. Su promulgación en agosto de 1982 condujo a la celebración de unas inaugurales elecciones autonómicas en mayo del siguiente año, de las que saldría elegido poco después el primer Gobierno Autónomo, que forma, junto con la Administración autonómica, la Diputación General de Aragón. El marco estatutario creado 1982 ha estado vigente hasta la reciente redacción del nuevo Estatuto, aprobado en 2007, que reconoce a Aragón como "comunidad histórica" dotada de pleno autogobierno.

 
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